Un minuto, dos minutos, cinco horas. No me doy cuenta del tiempo con él. Sólo soy consciente cuando se acaba. Es como un hechizo que nos atrapa a los dos, hasta que se rompe, rompiéndonos también a nosotros.
Apenas un fin de semana, apenas un fin de semana en el que apenas nos vimos. Apenas es tiempo el que pasamos juntos. Hoy es tan raro volver a verle en la pantalla de un ordenador, ser consciente de que está lejos de nuevo, que el hechizo otra vez se ha roto... Y aunque al verle irse no escapó de mí ni una lágrima, las horas siguientes son asesinas. Se acaba la felicidad que me proporcionan esos ratos junto a él, comienza la añoranza. Necesito unos minutos más. Sólo faltan tres semanas. Supongo que cualquiera lo verá así. Pero pueden convertirse en una eternidad.
Un sólo beso, una caricia, las palabras perfectas en un susurro en el oído, sentir su piel junto a la mía, tal cercanía que ambos notamos como se acelera el corazón del otro. Y que el tiempo se detenga mil veces, que en algún momento no se rompa el hechizo que nos atonta y nos impide alejarnos uno del otro, que nos lo impida de verdad.
Porque todo es tan perfecto que a veces creo que me voy a despertar y toda habrá sido un sueño.
Un día menos

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