Echamos de menos a nuestra familia cuando por razones de estudios o trabajo no podemos verles. Echamos de menos también a nuestros compañeros de clase durante las vacaciones y a todos los amigos del pueblo durante las clases. Echamos de menos a esa persona especial siempre que esta lejos; y desde luego echamos de menos a todos nuestros gordines al llegar septiembre.
De todos modos no pasa de ser algo temporal. Podemos pasarlo mejor o peor, nos puede ser relativamente fácil o muy difícil aguantarlo. Pero siempre hay una fecha límite, aunque esta nos parezca demasiado lejana.
Existe otro echar de menos más importante. Uno que no se puede llenar de ningún modo. Es un echar de menos distinto a estos. Es más difícil de demostrar pero también es más intenso. Es ese echar de menos continuo, ese que no deja que pase un día sin que pienses en esa persona. Que te preguntes en cientos de situaciones "¿y si estuviera aquí?"... No tiene fecha de caducidad, tan sólo preguntas sin respuesta. Y una sensación de injustucia que no se puede borrar.
¿Por qué? ¿Por qué hace ya 9 meses que no puedo ver una sonrisa tan maravillosa? Te eché de menos este verano, aunque casi con miedo de decir tu nombre. Pero a todos nos pasa lo mismo. Duele. Duele saber que podemos mencionarte, recordar miles de momentos simplemente geniales, pero que no los volveremos a vivir.
Prometo que de ese dolor sacaré 1000 sonrisas, como las que tú me sacaste. Sonrisas que tampoco tienen fecha de caducidad.
Te echo de menos Eric, pero sé que aunque no te vea, un poquito de ti siempre está conmigo. Gracias una vez más por haberte dejado conocer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario